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HISTORIA DEL ANGLICANISMO ORTODOXO
Pbro. Manuel Lasanta, siervo de Dios.
CAPÍTULO I Los orígenes
El cristianismo ha marcado y modelado profundamente toda la civilización europea e incluso se ha desbordado ampliamente por los cuatro rincones del mundo. ¿Qué era el cristianismo? ¿Cómo empezó? Para empezar hay que aclarar que el primer cristianismo no fue algo monolítico, sino que encerraba múltiples orientaciones que partían de un mismo crisol primitivo: Cristo. El origen estaba en la persona de Jesús de Nazaret, confesado como el Mesías (Cristo en griego), por sus discípulos.
Aquel cristianismo primitivo era de esencia judía. Los apóstoles eran todos judíos y las primeras congregaciones tenían conciencia de ser judías, aunque creyentes en el Mesías Jesús. Poco a poco fueron tomando conciencia, guiadas por el Espíritu de Cristo, que debían abrirse también a los paganos. Ese paso se dio en el Concilio de Jerusalén, y significó la superación de ser un pequeño grupo judío heredero de las promesas hechas a los Patriarcas, para volverse la Iglesia universal: una comunidad cristiana que acepta en su seno a toda clase de gentes que creen que Jesús es el Cristo, el Señor, el Hijo de Dios crucificado y resucitado, incorporándose a su Reino (por medio del Espíritu, el bautismo y demás sacramentos), diferente al reino del Cesar.
Los apóstoles, fieles al mandato de Cristo, fueron por todo el mundo anunciando su buena noticia, bautizando en su nombre y formando comunidades cristianas. Han quedado historias de muchos de ellos, que ponían al frente de cada comunidad local a un colaborador-sucesor que presidía a todos, predicaba y celebraba la eucaristía. Aquel cristianismo primitivo fue calando en el mundo grecorromano y se iba sirviendo, como si de un soporte se tratara, de las vías de comunicación existentes, de las ciudades más relevantes e incluso de la organización. Se puede afirmar que el cristianismo aprovechó cuanto encontró en aquella sociedad y le favoreció al Imperio Romano.
De entre todos los apóstoles destacó Pablo, el heraldo de los paganos, quien evangelizó con éxito a los gálatas, un reino de Asia Menor. Pero resulta que aquellos gálatas eran celtas, pues descendían de los galos que, en el siglo II a. C., marcharon a apoderarse de Delfos. Incluso se sabe por san Jerónimo, que conservaban el uso de su lengua céltica. Así pues, no es extraño pensar que hubiera relaciones entre ellos y sus antiguos compatriotas que permanecieron en la Galia. Por otra parte, es revelador que el nombre del primer Obispo galo de Lyon sea griego: Ireneo.
Nadie sabe cuándo llegó la buena noticia de Jesús como Mesías a las Islas Británicas, pero hay sobradas razones para creer que no transcurrió un largo período de tiempo entre la resurrección de Cristo y los orígenes de una Iglesia en Inglaterra.
Hacia el noroeste, el Evangelio llegó a los límites del Imperio. Atravesando la Galia por los itinerarios comerciales llamados “rutas del estaño” dio lugar a comunidades cristianas dentro de las ciudades gobernadas por Roma, ignorando casi siempre el campo, abandonado a los cultos de los paganos (“pagani”, habitante de un “pagus”). El mensaje de la buena noticia atravesó la Mancha y se extendió a la isla de Bretaña, chocando con la muralla de Adriano (entre Carlisle y Newcastle), que los romanos construyeron para protegerse de los pueblos del Norte. Más allá, las tribus bretonas nunca fueron completamente sojuzgadas y conservaron sus costumbres y su lengua, así como su antigua religión druídica. La evangelización de la isla de Bretaña fue todavía más incompleta que la de la Galia. De hecho, la propia Irlanda permaneció completamente al margen del Imperio Romano y, por tanto, no fue afectada por la primera oleada de misioneros de Cristo. Y una vez llegaron, hallaron costumbres, ritos, creencias y valores que tuvieron que integrar. No se puede negar que los santuarios cristianos fueron construidos sobre emplazamientos de antiguos santuarios paganos: hubo continuidad, aunque cambiase la religión. Por supuesto que hubo luchas de influencia entre la antigua clase sacerdotal y la nueva. También es verdad que los ministros cristianos diabolizaron a menudo los cultos y creencias del paganismo druídico. Pero, conscientemente o no, acapararon su herencia. De hecho, el druidismo tenía una espiritualidad que le ayudó a recibir mejor el mensaje que venía de Oriente. El rasgo característico de aquellos primeros evangelizadores de los celtas fue el de pegar ese mensaje sobre el fondo sociocultural de las Islas Británicas e Irlanda en particular.
También hay una historia mítica al respecto, indudablemente ligada al tema del Grial. En los Hechos apócrifos de Pilato y el Evangelio de Nicodemo, el senador judío José de Arimatea, “discípulo clandestino” de Jesús por miedo al resto del Consejo o Sanedrín, tomó el cadáver de Jesús y recogió su sangre en una copa esmeralda, tallada en la piedra luminosa que antaño adornara la frente de Lucifer, el “portador de luz”, antes de su caída. Parece que José de Arimatea, después de vagar por casi todo el mundo, llegó a la isla de Bretaña, en medio de las marismas que rodeaban Glastonbury, en el actual Somerset. Allí depositó su preciosa carga. Y se muestra hoy día, en la ladera de la colina de Glastonbury, una fuente, el “Chalice Well”, de donde brota un agua teñida de rojo (por ser ferruginosa). Hay una leyenda local, sólidamente implantada en Glastonbury, que hace de José de Arimatea, el primer Obispo de la isla de Bretaña. Evidentemente, no hay pruebas de la veracidad de esta tradición, pero al menos es muy antigua y además se mantiene en la actualidad con una persistencia notable, por no hablar de un renacimiento sorprendente. Si la Iglesia Celta Ortodoxa contemporánea hizo de Glastonbury la sede de su patriarcado, no es desde luego por casualidad.
Tertuliano aseguraba a comienzos del siglo III que algunas partes de Bretaña que no habían sido alcanzadas por los romanos, se habían sometido a la ley de Cristo. Pero Tertuliano era un escritor retórico, y quizás haya exagerado algo en su afirmación. Sin embargo, no hay motivo para dudar que ésta sea sustancialmente correcta. De hecho, el cristianismo viajó veloz a lo largo de las rutas comerciales y militares. No es sorprendente la presencia de soldados cristianos ante la muralla romana de Escocia en el siglo II. Pero aún en los tiempos de mayor gloria del Imperio Romano, éste no había conquistado todas las Islas Británicas, sino que se limitó a la porción sur de la Gran Bretaña (lo que hoy es Inglaterra). Al norte, quedaban los territorios de los pictos y escotos (en lo que hoy es Escocia), separados del mundo romano civilizado por la muralla de Adriano. Más adelante, cuando las legiones romanas, en medio del desastre de las invasiones bárbaras, se retiraron de la Gran Bretaña, lo que de hecho abandonaron fue la porción sur de la isla.
En esa zona hubo una numerosa población cristiana y romanizada. Algunas de esas personas se replegaron a zonas más fácilmente defendibles, mientras que otras permanecieron en sus antiguas tierras, donde quedaron bajo el régimen de los bárbaros que pronto invadieron la región. Esos bárbaros procedían del continente, y eran en su mayoría anglos y sajones. A la postre quedaron organizados en siete reinos principales: Kent, Essex, Sussex, Anglia Oriental, Wessex, Norzumbria y Mercia. Aunque sus gobernantes eran paganos, había entre sus súbditos un buen número de cristianos cuyos antepasados habían vivido en esas tierras desde antes de las invasiones.
La Iglesia Anglicana, tiene una tenue conexión con aquel cristianismo primitivo romano-británico. La invasión de los paganos anglos, sajones y jutes disolvió la vida de las ciudades y villas. Así se destruyó la antigua organización de la Iglesia. Por más de un siglo, Bretaña dejó de formar parte del mundo civilizado. Pero antes, el cristianismo británico se había lanzado hacia la conversión del mundo celta.
La Iglesia en las Islas Británicas vivió esta decadencia lo mismo que el resto del Imperio. Un gran número de bautizados esnobistas sin catequesis nii compromiso se sumaba a las congregaciones, pretendiendo aportar sus propias especulaciones y sistemas. Entonces se perfiló el monasticismo, sobre todo en la Galia. Su discurso pretendía distanciarse de la nueva situación de los Obispos trepadores, definir la fe y evangelizar mediante el ejemplo. Echando raíces en el eremitismo oriental, el de Egipto en particular, los cristianos de la Galia se retiran a despoblado, es decir, a los bosques. Pero, al hacerlo, no se dan cuenta de que actúan igual que los antiguos druidas, quienes, aún participando de la vida pública de los pueblos celtas, no practicaban su culto más que en el “nemeton”, es decir, el claro sagrado en medio del bosque, punto de encuentro ideal entre el cielo y la tierra. En el fondo, los primeros monasterios cristianos de aquellas tierras no hicieron sino retomar por su cuenta el nemeton druídico.
En el siglo V, Illtud había penetrado en las montañas de Gales para fundar un monasterio. A finales del siglo IV, San Ninián, que había regresado de Roma, donde fue educado, comenzó la difícil tarea de evangelizar a los pictos. Hay que precisar que su campo de acción se sitúa en una región bisagra de la historia de la isla de Bretaña, entre la muralla de Adriano (entre Carlisle y Newcastle), edificada en el 122, y la muralla de Antonino el Piadoso (entre los ríos Forth y Clyde), edificada en el 162. Esas murallas tenían por objeto proteger la Bretaña romana contra las incursiones de los agerridos pictos del norte, que tantas preocupaciones dieron a los generales romanos como a los propios bretones. Allí predica Ninián, originario de esa región, quien, según el monje sajón Beda (que escribía en el siglo VII), fundó una comunidad en la península de Galloway, lugar de donde él mismo y algunos de sus discípulos partieron para evangelizar el país de los pictos. Detalle revelador es que su iglesia, o su monasterio, fue llamado “Cándida Casa”, o sea, “Casa Blanca”, lo que indica que estaba construida con piedra, mientras que la costumbre celta primitiva era construir sólo con madera. ¿Es éste un indicio de la influencia continental? Probablemente, tanto más cuanto que Ninián fue formado teológicamente en Roma. Pero uno puede ser un brillante alumno en Roma y luego convertirse en misionero bretón apegado a sus tradiciones. Según lo que de él sabemos, Ninián hablaba, en sentido propio y en el figurado, un lenguaje que comprendían sus rudos interlocutores, y tuvo la satisfacción de implantar el Evangelio en gran parte del sur de Escocia. No es imposible pensar que fue su implantación en la península de Galloway lo que motivó –indirectamente- a un joven clérigo, bretón también, llamado Patricio, a emprender la evangelización de Irlanda.
Si bien apenas tenemos información acerca de aquella primitiva Iglesia de Bretaña, los puntos de referencia indican que su organización era episcopal. De hecho, en el Sínodo de Arlés, en el 314, estuvieron presentes tres Obispos bretones, entre ellos un tal Eborius. Probablemente eran los titulares de las sedes de Londres, York y Lincoln. Tal vez en la misma época existiera un obispado en Caerleon de Usk, en la ciudad de los siluros, pueblo más romanizado que los otros aunque muy al oeste. En el 359, en el Sínodo de Rímini, se advierte la presencia de algunos Obispos bretones, y, en el 358, San Hilario de Poitiers, el organizador de la Iglesia gala, en el momento en que estaba exiliado en Frigia, dedicó su tratado “De Synodis” a los Obispos bretones. Pero las huellas arqueológicas de la presencia cristiana (tumbas, inscripciones) en Bretaña no aparecen hasta mediados del siglo IV. Aunque sea todavía escasa, existe una capilla en Kent, otra posterior en Silchester y la presencia aquí y allá del símbolo XR (Ji-Ro).
¿Quiénes eran aquellos bretones cristianos? La estructura particular de Bretaña, romanizada solamente en la superficie, no permitía el mismo proceso que en la Galia. En consecuencia, hay que suponer una cristianización localizada, según las preocupaciones y tendencias de cada clan. El monje Bretón Gildas, que escribe hacia el 550, afirma que los indígenas acogieron con frialdad el cristianismo. Debía ser suficiente que un jefe de clan se convirtiera para que todos los miembros del grupo se hiciesen cristianos, sea cual fuere el grado de autenticidad de su fe. Y ésta fue sin duda la razón de que las regiones que permanecían más célticas se hicieran cristianas antes que las otras. Algo después, en tiempos del monaquismo, verificaremos el procedimiento. Cuando un misionero convertía al jefe de un clan, éste le daba un terreno para construir su iglesia y su vivienda, ermita o casa colectiva. Por supuesto, ese terreno pertenecía colectivamente al clan, pero el jefe y todos los miembros de dicho clan entraban en la comunidad así formada, que con frecuencia se denomina “monasterio”, aunque hay que aclarar que todavía no eran monasterios medievales (lugares cerrados y apartados del mundo). Esta comunidad monástica explotaba en común los ganados y los cultivos, la caza y la pesca, incluso la artesanía. Pero a cambio de la donación de aquella tierra, el jefe conservaba su poder temporal incluso sobre los monjes. A menudo se le daba el título de Abad, lo que obliga a ser siempre prudentes cuando se habla del Abad de un monasterio celta, pues puede ser tanto un laico como un clérigo. Bajo esas condiciones, el clan no desaparecía: al contrario, se renovaba y reorganizaba sobre su base primitiva, con la única diferencia de que en adelante era cristiano. Esto explica la permanencia de los clanes en muchos países celtas hasta la época actual, particularmente en Escocia.
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