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Por: Ing. Donna Chirinos
(Hermana Profesa de la Fraternidad Ecuménica Franciscana)
Venid, adoremos y postrémonos, arrodillémonos delante de Yaveh nuestro hacedor, El es nuestro Dios. (Salmo 95:6-7)
Si bien cuando oramos nos encontramos con Dios para hablarle, la adoración es una actitud que va mas allá. Es una oración de intercesión o alabanza, por ejemplo, entran nuestras necesidades, personas, enfermos, acciones de gracias, las criaturas, todo el mundo. En una adoración, en cambio, todo desaparece y solo quedan El (DIOS) y el adorador, en un momento de admiración, júbilo, donde podemos participar de la infinita vitalidad de Dios y aceptar gozosamente que “Dios-es”. Al aceptar que “Dios-es” nuestro y desaparece solo queda la expresión hacia Aquel que lo abarca todo en todo. Es decir, el adorador es tomado por Dios, es seducido por El y de esta manera comienza a entenderlo viviéndolo, no mediante su inteligencia sino llegando los dos a una unión caracterizada por la admiración, gratitud y entrega total de lo que él (el adorador) es y posee: mente, cuerpo y alma, palabras, bienes materiales, tiempo, anhelos, acciones.
Ahora bien, ¿Dónde y cuando adorar?; pues en todo tiempo y en todo lugar. Dios es espíritu, omnipresente, por lo que su presencia no está limitada a un solo sitio. Podemos encontrarnos con El y adorarle en nuestra intimidad y nuestro diario vivir. No obstante, debemos tener presente que el lugar donde se adora en espíritu y verdad, como el Padre desea (S. Juan 4:24) y donde alcanzamos el nivel máximo de nuestra adoración es en la comunidad de los hermanos discípulos de Jesús: La Iglesia. Allí donde el adorador no está limitado a una sola persona sino que es una comunidad que reunida en su nombre es un solo cuerpo; el cuerpo de Cristo (Colosenses 1:18).
Dios está donde se le adora en verdad, y esta verdad no es mas que la proclamación del evangelio; de su palabra (S. Juan 17:17) y la celebración de la venida de Jesús en cuerpo y sangre (Eucaristía). Es este, el encuentro mas sublime con nuestro Dios en su mayor expresión de amor. Y en este encuentro ¿Cómo adorarle? ¿Cómo no derramarnos por completo ante el y reconocer como San Francisco de Asís que “Dios-es”:
“Santísimo, Omnipotente,
Vivo
Sumo bien, todo bien
Grande
Verdadero
Glorioso
Eterno
Justo
Recto
Loable, admirable, bendito, inmutable, invisible, inenarrable, inefable,
Ininteligible
Sobreexaltado, sublime, excelso”

(Oración de adoración y contemplación de San Francisco de Asís quien en sus encuentros con Dios y seducido por El exclamaba: “¡Mi Dios y mi Todo!”)
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